sábado, 17 de noviembre de 2012

Sobre verse y contra decirse

Usted está enojado con el mundo y yo estoy enojada conmigo.
Usted está enojado porque el mundo se ha negado a darle el lugar que merece.
Y yo estoy enojada porque no he sido capaz de luchar por el lugar que quiero en el mundo.
Usted, herido y cansado, se ha arrinconado en un sitio que aparenta seguro y trata cada día de convertirlo en ese lugar que añora.  Pero, como en el fondo sabe que no es, que usted fuerza el molde sistemáticamente, se frustra, se angustia, y aumenta su enojo.
Por mi parte, en mi caso, yo sé que la culpa no es del mundo, que es mío el error.  Y, por alguna extraña razón, por lo muy enojada y ofendida que estoy conmigo misma, con mi estupidez de querer cambiar a los otros,  por pura compasión furiosa empiezo a reírme de mi ignorancia.  Y, aunque me hago trampas que me ocasionan más angustia y boicoteo mis posibilidades de ser feliz, también me río de esta suerte extraña.
Y así nos encontramos, usted furioso y yo riéndome de mí.
Y a mí me sorprende la forma en que usted mira al mundo y reclama su lugar.  Y a usted lo sorprende mi pasión por el mundo y mi risa.  Y los dos comprendemos que las cosas no son tan verticales.
Entonces comenzamos una danza curiosa, un ritual de re - conocimiento.  Porque descubriendo qué cosas hacen al otro ser quien es, qué lo apasiona, qué lo vulnera, vamos encontrando señales especulares de muchísimos elementos que  también forman parte de nosotros mismos.
  Entonces, yo trato de decirle que usted ya tiene su lugar en el mundo, porque es único,  porque hay tanta plenitud en su personalidad, en esa esencia que se muestra íntegra a quien sabe acercarse.  Y  no importa que este mundo sea injusto o desconsiderado;  usted es, y con eso basta.
Y por momentos veo, en sus ojos, señales que me hacen sentir que soy demasiado injusta conmigo, que tal vez no he sabido ver, en todos estos años, que mi lugar existe y hasta, tal vez, he sabido encontrarlo, en la forma posible, que, probablemente, no sea la ideal, pero es.
Pero, enseguida, me dejo llevar por la anquilosada idea de que esa es, simplemente, otra de mis absurdas ilusiones, porque usted seguramente no me ve como yo a veces creo que lo hace.  Y siento que somos dos ciegos luchando contra todo, contra nada, contra nosotros mismos.
Y tal vez, el enojo aún no nos ha dejado ver quiénes realmente somos.  O, quizás, tengamos miedo de ver qué tan distintas son las cosas cuando encaramos el mundo juntos. Porque el dolor y la frustración ciegan, y no podemos vernos.
 Sin embargo, me detengo y pienso, que usted siempre me dice lo mismo: "nos vemos"

sábado, 13 de octubre de 2012

Quiero


Quiero que mi pasión se fusione con el núcleo de tu espíritu, y así lograr que estalle esa cripta de silencio con que envolviste la fuerza de tu ser.  Y que te liberes, y me liberes.
Quiero que me abraces, y te “abrases” con ese amor dormido en el que, hace tiempo, vos y yo, cada uno en un mundo diferente, fue dejando de creer.
Atravesados por la frustración y el cansancio se fueron congelando nuestros sueños.  Nos fuimos conformando con forzar al presente en un molde forjado con ilusiones postergadas. En senderos distintos, cada uno de nosotros se fue adaptando a la rutina de la resignación, cada vez más lejos de la alegría, cada vez más cerca de la tristeza, ergo, cada vez más distantes del amor.
Tan correctos vos y yo, en nuestros palacios de silencio emocional, nos fuimos quedando mudos.  Y así, con los sentidos anestesiados, deambulábamos por la vida.
Pero nuestra esencia es fuego, y todavía lo sabemos. 
Sabemos que en este instante estamos enfrentados, es decir, frente a frente. Sabemos que nuestro peregrinar nos puso uno ante el otro para que, por fin, seamos capaces de avanzar hacia nosotros mismos, definitivamente.
Por eso, quiero que mi pasión se fusione con el núcleo de tu espíritu, y así lograr que estalle esa cripta de silencio con que envolviste la fuerza de tu ser.  Y que te liberes, y me liberes.  Quiero que caiga todo velo, se quiebre toda cadena, porque me siento viva cuando te tengo cerca y quiero que, después de tanto tiempo, te atrevas a sentirte vivo vos también.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Diálogos


    Algunas veces, mientras hablamos por las mañanas, usted me mira, y su mirada no coincide con el discurso verbal que me dirige.
    Entonces yo, que lo miro atenta cuando me habla, empiezo a transitar alternativamente entre sus palabras y el lenguaje de sus ojos.  En ese instante mis oídos pugnan por permanecer atentos, pero mi piel se aleja de su voz y prefiere escuchar ese metalenguaje que la convoca y la invita a desperezarse aduciendo que hay otros diálogos posibles, que lo verbal confunde, que cada palabra que su boca pronuncia es un triste ladrillo del muro que levanta para que su piel no se descontrole y se adhiera a mis ansias.
    Entonces pienso en un lenguaje alternativo para comunicarnos, para que usted al fin me encuentre sin ambigüedades.  Imagino crear un poema que se pudiera expresar con mi piel.  Ser algo así como aquellas modelos de Klein, embebida en el color de un deseo que selle lo que usted despierta en mí, sobre un lienzo que pueda desplegarse en ese mismo muro que levanta.  Y me pregunto con qué color podría expresar ese deseo.  Y veo, justamente, tal como en aquellas obras, el color de sus ojos que me impregnan.  Y entiendo que está todo dicho, que la comunicación se ha establecido.
    Es en ese momento en que alguna razón lejana me indica que debo retomar el diálogo verbal que sosteníamos.  Y utilizo palabras, frases convencionalmente ambiguas que usted detecta al vuelo como tales.  Entonces es su boca la escindida porque, en lugar de continuar con el formal discurso cotidiano, me sonríe.  Y la complicidad de su sonrisa nos empuja a los dos al mismo nivel de diálogo y los muros formales se destrozan.  Y todo vuelve a comenzar.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Duelos



La vida transcurre cotidiana
hasta que un día,
uno de esos días
en que parece,
si hay sol,
que lo hubieran colgado de una tanza
de tan artificial y burdo que se muestra;
o que, si está nublado
se confunde el cielo con el alma,
sucede, que la puerta del destino
se entreabre
          y se cuela un frío gélido.
Se estremece el cuerpo desde
los tobillos a la nuca
y se cubre el corazón de esparadrapos.
Entonces, la mano huesuda
te palmea en el hombro
y se escucha
       en el medio de la frente
 “¿Cómo estás? No te olvides
             que estoy
y así como esta vez
vengo por él,
mañana serás vos, es ley.
Y me llevo de a una
las piezas
                   del rompecabezas
que es tu vida.”
Y, obvio, te duele
cómo no va a doler
si te sacó un pedazo
una parte de vos,
hilo de vida, de su,
de tu vida
que hasta hoy
transcurría cotidiana.

Brasas

    Una brasa que temía extinguirse demasiado pronto, buscó fuego en el calor de otra brasa que estaba a su lado.  Se acercó para encenderse, para que ardieran juntos el tiempo que durara el chisporroteo.
    La otra brasa la sintió tan cerca que comenzó a arder.  Y ese renovado ardor hizo que los cuerpos de ambos cedieran y el alma de sus fuegos quedó expuesta.
    Entonces, ambas brasas entendieron que estaban destinadas a mucho más que compartir las chispas del final.
    Brillaron, más que nunca.  Se iluminaron, y su ardor dio calor a todo alrededor.
    Brillaron y se encendieron, y fue tan intenso que entendieron que su destino era compartir la eterna construcción de un nuevo fuego, capaz de renovarse cada día.

martes, 7 de agosto de 2012

Re-descubrimiento

   Se miraron sin verse tantos años que, el día que se descubrieron uno en las pupilas del otro, se desconocieron por completo. 
   Entonces, empezaron a mirarse cada vez que podían.
   Y fue así que cada uno de ellos aprendió a buscarse en esos otros ojos y a disfrutar de hacerlo.
    Pero la luz de los ojos al mirarse tenía un brillo como no se puede igualar en este mundo.
   Por eso, supieron que todo ese tiempo habían estado buscándose el uno al otro, sin saber que estaban viéndose.
   Y así, no tuvieron más remedio que abrazarse hasta fundirse en la luz que los unía...

Ubicación de las cargas

     Algunos días se siente agobiada. Ese día, por ejemplo, le pareció que, por error, alguien puso un piano en su mochila. Entonces comprendió "alguien puso un piano". Es decir, no fue ella. Es más, ella se levantó con las mismas ganas de siempre, con la misma esperanza de universo pacífico de cada mañana, con voluntad literaria, con ansias de ternura, con abrazos de madre para dar.
    Pero de alguna manera, o de muchas, en un momento del día registró ese peso angustioso de piano en la mochila, de nubes grises, de frío en los pies, de dolor de cabeza, de...
    Entonces, decidió que si el piano no era suyo no-era-su-piano. Y, ya que estaba, tiró la mochila a un costado.            Después, como se sintió liviana, dio unos saltitos por la vereda mientras apuraba el paso. Y, ya que estaba, pisó dos o tres hojas doradas de otoño que con su crujir la hicieron más liviana todavía. Y eligió la vereda soleada que en mayo tiene aromas de infancia volviendo de la escuela al mediodía... Entonces, ahí no más, tuvo un arrebato de ternura hacia sí misma y aceleró hasta el pequeño local que ostentaba un antiguo cartel de "librería" y vio brillante y generoso un libro de Galeano. Se lo dio emocionada a la vendedora quien le preguntó si lo quería envolver para regalo. Le dio las gracias y le dijo que sí, pero que era un regalo para ella misma, así que sólo le pusiera una bolsita.
    Caminó con emoción pueril con su librito, se compró un bombón de chocolate y menta y se sintió feliz. Después, empezó a silbar bajito. Acababa de entender que, a veces, los pianos aunque sean pesados, si sabemos ubicarlos donde deben estar, nos pueden terminar haciendo descubrir hermosas melodías.